lunes, 13 de julio de 2009

ESPEJERO

Espejero, según el Diccionario de la Lengua Española: “Persona que hace espejos o los vende”

A mí, particularmente, me seduce más “espejista”, palabra no recogida por dicho Diccionario, y que significaría: “Persona que tiene el oficio de hacer espejos”

Sea espejero o “espejista”, esta historieta está protagonizada por un empleado de una fábrica de espejos.

A su vez, el mismo Diccionario define la palabra espejo, en su primera acepción, como: “tabla de cristal azogado por la parte posterior para que se reflejen en él los objetos que tenga delante”

Seguimos con definiciones y, así, azogar es igual a: “cubrir con azogue alguna cosa, como se hace con los cristales para que sirvan de espejos”

Nos queda saber qué significa azogue. Pues bien, significa: “mercurio, metal”. O sea. “Los espejos se hacen extendiendo una capa de mercurio en uno de los lados de una hoja de vidrio”

Terminada la farragosa descripción del significado de las palabras, pasamos a dar datos de nuestro protagonista.

Se llama, familiarmente, Job. Su padre se lo asignó desde un principio, porque le parecía era un niño muy pacienzudo, y le recordaba al personaje bíblico. No tuvo prisa para nacer. Su madre perdiera las cuentas ya el 12 de Noviembre. Sin embargo, le quedaban muchas cosas por hacer antes de dar a luz. Quería dejarlo todo preparado, y él esperó tranquilamente otros quince días más hasta el 27 del mismo mes. La verdad es que, con el tiempo que hacía de prematuro invierno, no apetecía mucho abandonar la natural bañera a temperatura constante de 36,5 grados centígrados.

Fuese por el perfeccionismo de su madre, que él deseaba complacer. Fuese por el frío que hacía en el exterior con unos días muy cortos y las noches muy, pero que muy largas. Fuese porque su madre echase mal las cuentas. En fin, fuese por lo que fuese, el caso es que no vio la luz hasta el susodicho día del 27 de Noviembre, y su padre lo achacó a la paciencia del pequeño. Paciencia que siguió demostrando después de nacer. Esperaba tranquilamente a que su madre le amamantase, sin el lloriqueo previo que otros ponen en práctica para pedir el vital alimento. Ya se sabe: “el que no llora no mama”. Él, por no molestar, no lloraba, pero sí, cuando su mami pasaba cerca de su cunita, hacía gestos insinuantes con su pequeña boquita en busca a derecha e izquierda del apetitoso pezón fuente de su energía. La madre trataba de realizar sus labores lejos de la vista de su retoño. Sabía que, si le observaba demandando su nutriente, no sería capaz de dominar su sentido maternal, ni contener el repentino brote de sus fuentes. Así que le cogía en sus brazos, y le amamantaba embelesada observándole y contándole cosas del pasado, de las muchas tareas hechas, y de las que aún le quedaban por hacer y, sobre todo, del hermoso fututo que le esperaba, y lo dichosa que sería la mujer que lograra cautivarle.

Llegó la hora de asentarlo en el Registro Civil, y allí recibió su padre la desilusión de no poder asignarle, oficialmente, el nombre del patriarca bíblico.

Ante la negativa del oficial y, a su vez, con la ayuda de éste y del taco calendario, lo registraron con el nombre de Jacobo, cuya festividad se celebraba el día de su nacimiento, 27 de noviembre. En cierto modo, Job se le podría considerar un diminutivo de Jacobo.

Fue creciendo Job en el acogedor ambiente familiar, desarrollando sus cualidades y asimilando, con su innata paciencia, todos los atributos de sus progenitores.

Todos sabían que, si algo tenía solución pero no era descubierta, Job, con tiempo, lograría resolver el enigma.

Pasan los años, y llega la hora de dejar la escuela e iniciarse en un empleo. Con sus catorce años a punto de cumplirse, después de las vacaciones estivales, comienza como pinche en una fábrica de espejos.

Al principio tiene que soportar burlas y riñas de los oficiales de la empresa, que se quejaban de la tranquilidad y forma de tomarse las tareas encomendadas. A su vez, él, con su buen humor también congénito, soportaba los enfados de sus maestros, que terminarían por saber apreciar su idiosincrasia, y terminaría convirtiéndose en un buen profesional.

Superada la “dura” etapa de ayudante, le envían a recibir lecciones y prácticas para convertirse en un futuro oficial de la empresa

En la antigüedad y hasta la Edad Media se utilizaban como espejos superficies pulidas de bronce o plata.

Durante los siglos XV y XVI se desarrolló en Venecia la especialidad de la fabricación de espejos de vidrio, transformando en reflectante una de sus caras mediante el depósito de una amalgama formada por mercurio y estaño.

En la escuela taller le explicaron, también, las distintas técnicas empleadas a lo largo de la historia, desde la antigua del estañado –que fue desechada, principalmente, por perjudicar la salud de los operarios-, hasta la actual y más compleja del plateado, reservada, normalmente, para espejos de alta calidad. También le impartieron pinceladas sobre la más sofisticada fabricación de los espejos de telescopios y proyectores.

Tampoco pasaron por alto las leyes de reflexión del vidrio y la fórmula correspondiente. Eso de las fórmulas y su aplicación se le daba muy bien a nuestro perseverante Job, por lo que era muy buen estudiante para las asignaturas de ciencias. Le gustaba razonar todo lo que aprendía, y no, simplemente, aprendérselo de carretilla, sin enterarse de nada.

Así mismo, le advirtieron de la importancia de las características del vidrio. Cuanto más plano, menos costoso su plateado.

Una vez superado con nota el período de clases teórico/prácticas, firma con la empresa el contrato de oficial de tercera, con grandes expectativas de convertirse, en el futuro, en máximo responsable del taller. Sólo era cuestión de paciencia, y ésta es la que le sobraba a nuestro protagonista.

Él lo sabía de sobra, porque ya había sido testigo de bastantes situaciones pero, además, lo recogía expresamente su flamante contrato laboral y el reglamento interno de la empresa, y no, precisamente, en lo que se suele denominar “la letra pequeña”; esa multitud de cláusulas que conviene leer con detenimiento, porque son las que contienen todos los matices del acuerdo, y que nadie repara en ello, precisamente por eso, por el reducido tamaño de la letra. Pues bien, tanto su contrato como el reglamento resaltaban, en “letra negrita”, la responsabilidad del operario en la terminación de la obra que, de no conseguir un acabado perfecto, sería demolida y deducido su importe de los emolumentos mensuales.

Ante tales premisas, cada oficial se preocupaba, muy mucho, de revisar concienzudamente el cristal recibido, base primordial de su trabajo. Ante la menor imperfección lo rechazaba, y terminaba devuelto al proveedor de turno.

El supervisor de los espejos sólo miraba con detenimiento, y hasta con lupa (las tenía de diferentes aumentos, según la calidad exigida por el trabajo), la parte posterior de los mismos. Si estaba totalmente recubierto de forma homogénea, había casi el cien por cien de probabilidades de que diese su visto bueno definitivo al contemplar su lado reflectante. En caso contrario, la obra era destruida en presencia del oficial, y las consecuencias estaban recogidas en los susodichos reglamento interno y contrato del propio operario. Todos los trabajos debían llevar el visé del temido supervisor.

Nuestro héroe, Job, mostraba la misma calma en el tema sentimental que en el laboral y, por tanto, no se preocupaba de buscar la “media naranja” con la que formar un hogar y familia feliz como era la de sus progenitores. Por eso, su otra “parte del cítrico” tenía que ser una chica decidida y despierta, que apreciase sus muchas y valiosas cualidades, y tomase la iniciativa en la relación. Esta chica contaba con una ventaja añadida. Aparte de sus cualidades humanas y belleza física, se llamaba Raquel, en la Biblia, esposa de Jacob o Jacobo, o sea, el nombre oficial de nuestro espejero.

Fue ella, Raquel, la encargada de planificar el casual encuentro, y la que, al final de un apacible y maravilloso noviazgo, disimuladamente, sugerir el enlace matrimonial. Job se sentía feliz a su lado y, al igual que en el trabajo en el que ya desde aprendiz siempre tuviera alguien guiándole, simplemente, se dejaba llevar. Si se paraba a pensar, desde sus más remotos recuerdos, hiciera lo que le habían indicado. Primero sus padres tanto en la forma de comportarse como en los estudios, y luego en el trabajo sus maestros, el supervisor y el dueño del taller. Siempre tenía alguien que le orientaba o dirigía.

Todos apreciaban a Job por su sentido de la responsabilidad, su forma de ser, que nadie era capaz de enfadarse con él. Ya se sabe: “dos no discuten si uno no quiere”, y ese uno era Job.

Job se sentía feliz y, cada noche y antes de levantarse, rezaba al Creador dándole gracias por los favores recibidos y, cómo no, pidiéndole que protegiese a todos los suyos; que gozasen siempre de buena salud, y de buena posición económica en su longeva vida; que fuesen felices y se llevasen siempre bien, y se comportasen correctamente entre ellos y ante los demás.

Tal como él pedía a su ser Supremo, su vida familiar y laboral se desarrollaba sin grandes sobresaltos, y su matrimonio fuera bendecido con dos hermosas niñas que heredaran las mejores cualidades de los dos progenitores, y el atractivo atribuido a las últimas hijas del personaje bíblico, en cuya evocación bautizó con los nombres de Paloma y Casia.

Las tres féminas, esposa e hijas, tenían gran cariño por el hombre de la casa al que cuidaban, casi podemos decir que mimaban, con especial afecto. Él se aprovechaba de aquella momentánea situación. Era consciente de que sus adoradas niñas se hicieran mujercitas, y pronto vendrían apuestos y atrevidos gavilanes a tratar de arrebatárselas. Confiaba en las continuas conversaciones que mantenía Raquel con sus pequeñas orientándolas por el buen camino, y que, al igual que ella, fuesen las que eligiesen al compañero que más les conviniese. “La belleza es efímera. Las cualidades perduran y se acrecientan con el cariño y la convivencia” Les decía.

En la vida laboral había conseguido, por méritos propios, la categoría de oficial de primera, y sólo era cuestión de esperar para lograr la categoría de supervisor. Al actual no le faltaban muchos años para su jubilación, y el puesto le estaba reservado.

Era primeros de diciembre. Todos los empleados tenían programando el destino de la gratificación salarial de dicho mes: celebraciones familiares; reformas del hogar; amortización parcial de la hipoteca para hacerla más llevadera; actualización del vestuario retirando las prendas con fecha de caducidad, pasadas de moda, muy gastadas, o que se hicieran muy vistas por el continuo y prolongado uso; y un sinfín de destinos entre los que, cómo no, no podía faltar, aunque ya no eran niños, la ilusión del regalo de Reyes.

Por esas fechas, como última esperanza de salvamento, le llega a nuestro paciente Job un recién incorporado oficial de tercera con el problema de un espejo de alta calidad, al que no lograba dar el acabado perfecto y, por tanto, sería rechazado por el supervisor.

Ya era demasiado tarde para determinar quién era el culpable de tal situación: si el recepcionista del vidrio o el propio oficial que, ansioso de querer medrar rápidamente en su puesto, se arriesgó en algo en lo que, aún, no era especialista.

Había que tratar de recuperar el trabajo, y el único capaz de tal hazaña, si existía, no era otro que Job.

Si la tarea se tornase imposible, ya se sabe, alguien tenía que padecer la pérdida. Lógicamente, sería el joven oficial, que, por otra parte, se encontraba en una situación económica muy complicada, incapaz de soportar el quebranto económico del trabajo imperfecto. Al que correspondiese, le descontarían el valor de todos los materiales utilizados y el de las horas empleadas en su elaboración.

Job realizara un sesudo cálculo de la situación, y decidió hacerse causante del fallo. La carga económica, porcentualmente, representaba menos en su nómina que en la del “culpable”. Supondría un cambio en los regalos programados para sus féminas, pero ya se las arreglaría para resolverlo de la mejor forma posible.

Sin tapujo alguno mostró al supervisor las irregularidades que él, “el último recurso”, no fuera capaz de corregir, y se hacía responsable de todas las consabidas consecuencias.

Con gran dolor de corazón, el supervisor se vio obligado a romper el trabajo, que algo en su interior le decía no podía ser fallo de su experimentado y estimado Job y, por tanto, su nómina soportaría todo el coste ocasionado al taller. Si por él fuese, en aquel caso excepcional, no se aplicaría toda la severidad del reglamento; pero no se podía sentar un precedente. Dominó su inmensa rabia y, en lugar de hacerla notar con un estrepitoso porrazo que haría añicos la luna, asestó un pequeño golpe, aunque suficiente para inutilizarla para el fin programado.

Mientras el inspector procedía a la destrucción del espejo, incontroladamente, vinieron a la mente de Job los siguientes versículos del libro bíblico:

¿Hasta cuándo seguirás vigilándome?
¿no me dejarás ni tragar saliva?
Si he pecado, ¿qué te hecho con ello,
oh guardián de los hombres?
¿Por qué me has hecho blanco tuyo?
¿Por qué te sirvo de cuidado?
¿Por qué mi falta no toleras
y no dejas pasar mi pecado?

En otros casos las lunas destrozadas eran tiradas directamente a la basura, sin embargo, instintivamente, Job recogió hasta el mínimo fragmento de cristal. ¡Con lo que le había costado! alguna utilidad tendría que sacarle.

Como en cada ser humano, el subconsciente sigue trabajando durante el sueño, y esa misma noche, en la que, alegando gran cansancio, pero sin mencionar para nada el incidente del taller, se fue temprano para la cama, y fue en esa, aparentemente, placentera posición horizontal en la que encontró salida al problema.

Haría unos espejos que enmarcaría de forma llamativa para distraer la inspección del curioso y, así, no detectase sus deficiencias. Con el mayor de los trozos realizaría uno para la entrada del hogar, que les sirviese a sus féminas para darse el último retoque antes de salir a la calle, o recomponerse para estar perfectamente presentable al entrar en casa. Tampoco podría faltar uno para el bolso de mano de cada una de ellas y, por qué no, podría hasta realizar uno para cada cartera. Así no tendrían que estar preocupadas de cambiarlo de una para otra. De todas formas, no sabría explicárselo a sí mismo, pero estaba obsesionado con guardar hasta el más pequeño de los trozos.

Soñado y hecho. Llegó la noche de la ilusión y, fiel a la costumbre familiar, se levantó Job casi de madrugada a colocar los regalos en cada par de zapatillas situadas en la sala de estar. Pudo observar que las suyas también contaban con los, para él, y precisamente aquel año, inmerecidos regalos.

También era tradición, antes de abrir el regalo, tratar de adivinar su contenido y, en esta ocasión, aunque los de las tres féminas eran idénticos, no fueron capaces de acertar.

- No sé, pero tiene que ser algo muy especial –dijo Raquel- Los últimos días se te ve muy jovial y con gesto alegre. Intuyo que es algo muy original, y nos va a impresionar, pero ni idea de lo que puede ser.

- Lo siento, pero no hay pistas al respecto. Sí es verdad que esa observación de jovial y alegre me la hicieron también mis compañeros de trabajo, aunque, sinceramente, no hay motivo. Si fuese al contrario, casi lo entendería mejor –respondió Job-

- Nos rendimos –dijeron al unísono Paloma y Casia, mientras Raquel continuaba con sus cábalas-

- Yo también me rindo –dijo al final la esposa-

- Pues, ya sabéis. A abrirlo tocan. Os anticipo que, lo que sea, tiene dos caras. Procurad hacerlo por la buena, y contad por lo menos hasta diez antes de hacer comentario alguno –dijo Job temeroso de la reacción de sus protegidas-

- Vuestro padre está de broma –dijo Raquel, que no las tenía todas consigo-

- Bueno. De broma o no, os he advertido –continuó Job, motivando un mayor suspense-

Las tres emprendieron impacientes la tarea de librarse del lujoso envoltorio para descubrir el misterioso regalo. Job siempre se estiraba, económicamente hablando, en uno de los detalles y, en aquella ocasión, éste era el único que debería ser considerado como especial.

- Repito –insistió Job- Procurad abrirlo por el anverso, y contar hasta diez antes de pronunciar cualquier exclamación.

- ¡Vaya un regalo! –articuló Raquel sin haber tenido la precaución de contar los primeros diez cardinales-

- Te lo advertí. Antes de decir nada, cuenta hasta diez mientras contemplas tu resplandeciente rostro –insistió Job-

- Te haré caso. Uno, dos, trees, cuaaatro –los primeros fue contándolos rápido, después fue más reposadamente, distanciándolos cada vez más hasta llegar a la decena- Tienes razón. ¡Cada vez me veo más joven y hermosa! ¿Cambia mi imagen el espejo o me recomienda los arreglos que debo hacer?

- A ver –dijo Paloma dirigiéndose a su madre- Porque yo también me veo muy contenta y alegre. Cambió por completo mi expresión.

- Te ha hecho él los arreglos –dijo Casia, que también experimentara en sí misma los cambios comentados por su madre y la hermana- Estás mucho más jovial. Ahora que no sigas mirándote, porque vas a parecer más joven que nosotras.

- ¿Se trata de una nueva gama de espejos que vais sacar al mercado, y esto es una primicia? –preguntó la esposa-

- ¡Qué va! Si yo os contara… –respondió Job- Son ejemplares únicos

- Cuenta papi, cuenta –dijo Casia, mientras las tres le abrazaban y daban besos de agradecimiento-

- ¿No será perjudicial para la salud mirarse durante demasiado tiempo? –preguntó Raquel-

- Sinceramente. No lo sé. No vienen con prospecto –respondió Job-

- ¿Y este otro? –preguntó Paloma señalando el envoltorio similar pero mucho mayor- ¿Es uno para la entrada?

- Pues sí –respondió su padre- Como me salisteis tan coquetas, es para que os retoquéis antes de salir o entrar en casa.

- ¿Tiene las mismas propiedades? –interrogó la madre-

- Me lo imagino. Son de la misma pieza… -continuó Job-

- No me digas más. Un trabajo que te salió mal, y te lo descontaron de la nómina. Llevabas muchos años sin fallos, pero mira que bien nos vino. Qué contentas nos hemos quedado. Has tenido un gran acierto al aprovecharlo. Siempre comentabas que iban a la basura directamente –dijo Raquel-

- En este caso, era costoso, y había que sacarle provecho. Por otra parte, el supervisor no se ensañó demasiado, y ahí tenéis el resultado.

- Tú ya conocías las propiedades ¿verdad? ¿Lo sabe alguien más? –preguntó la esposa-

- No tenía idea. El trabajo lo hacemos por el reverso. Estando bien esa parte, la calidad está garantizada. Sinceramente, los preparé con cierto mal humor, y lo que menos me preocupé fue de parar a contemplarme; aunque tendré que hacerlo para sentirme a vuestra altura.

- Te mirarías poco, pero te hizo efecto. Porque te observábamos muy contento y alegre desde hace unos días. Mira que lo había comentado con nuestras hijas, y hasta nos hiciéramos ilusiones con alguna joya que nos pudiese caer… Por eso mi reacción al ver que, simplemente, era un espejo. ¿No tendrá fecha de caducidad en la que pierda sus propiedades?

- Ya lo dije antes. Viene sin folleto de instrucciones. De todas formas, no los limpiéis con productos químicos y, de vez en cuando, observaremos la parte de atrás, que se mantenga tal cual.

- Sólo por preguntar. ¿Existe repuesto si se nos rompe o perdemos alguno? –dijo Raquel-

- Queda algún trozo. No he tirado absolutamente nada. Los tengo recogidos en mi taquilla.

- Tienes que traerlos para casa. No vaya a ser que alguien nos descubra el secreto de nuestra eterna juventud –siguió la esposa-

- Lo haré. Lo haré, y tendremos que seguir estudiándolos, por si descubrimos alguna otra cualidad. Nos podremos hacer de oro ¡Con lo mal que lo pasé al principio!

- Bueno. De momento –dijo sonriente Raquel- tendré que renovar el fondo de armario, para ir acorde a mi nueva imagen. Es broma –añadió al observar el gesto de su esposo-

- Si vais por ese camino… tendré que retiraros el regalo hasta el año que viene para obsequiaros con ropa a juego.

- Ni hablar –dijeron simultáneamente las tres escondiendo tras de sí el preciado objeto-

Siguieron celebrando la alegre jornada, para la que, con la intervención de las tres féminas, habían preparado la comida más apreciada por el varón de la familia; con el correspondiente postre y café a su gusto. Se esmeraran en agradecimiento a unos regalos que suponían muy particulares y costosos.

Fueron descubriendo algunas de las cualidades del original regalo. Entre ellas que, cuando se enfadaban por algún motivo, se observaban un momento y desaparecía tal situación anímica.

Lo primero que hizo Job fue trasladar al domicilio familiar todos los restos del especial espejo, y después, entre los cuatro, acordaron abrir un negocio de complementos femeninos que, dadas las cualidades de los espejos de los que disponían, gozó de un éxito excepcional. Todo el que se observaba con una prenda era incapaz de rechazarla. Como augurara Job la mañana de Reyes, se hicieron de oro con los restos de aquel espejo, del que, por mucho que lo intentó el paciente espejero en su tiempo libre, no fue capaz de conseguir otro con esas cualidades.










EPÍLOGO

Todo relato tiene un origen: una noticia en la prensa, una historia vivida, algo que observas en la calle u oyes, y un largo etcétera y, como en este caso, un sueño, aunque, en realidad, poco o nada se parece a lo por mí soñado, que consistía en que el espejero/espejista lograra realizar un espejo que, explicándolo muy resumidamente, lograba amansar a las fieras. Consistía en conseguir que la fiera en cuestión se pusiera delante del espejo, y éste se encargaba de trasladar a otra dimensión su lado maligno, convirtiéndolo en totalmente respetuoso con los seres humanos. El personaje en cuestión fuera llamado a África para reconvertir a unos leones devoradores de hombres


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Bibliografía utilizada para esta historieta:

EL LIBRO DE JOB, de LA BIBLIA

DICCIONARIO de la LENGUA ESPAÑOLA, vigésima primera edición de la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA.

GRAN LAROUSSE UNIVERSAL , Edición española de Plaza & Janés, S.A.

LÉCTUM JUVENIL. Título original de la obra en inglés: THE NEW ARTHUR MEE’S CHILDREN’S ENCYCLOPEDIA

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